Alguna vez fueron los samaritanos y leprosos... Seres humanos que según las normas de purificación y las conclusiones teológicas eran impuros.

Pero nadie cuestionaba el exceso, el abuso y la pompa en la cual vivían los sacerdotes del Templo. Sus alianzas oscuras con el poder Romano. Eso no era impuro.

Nadie decía nada sobre la arrogancia de los Fariseos de pretender sentirse superior a los demás, de justificar el "odio" y barnizarlo de piedad. Eso no era impuro.

Nadie de los que administraba el Templo cuestionó a los títeres Herodianos, que con extravagancias celebraban las fiestas judías rodeados de un mar de gente desalojada de sus tierras por sus políticas sucias.
Eso no era impuro.

Hasta que vino uno, que puso a un Samaritano, uno de los seres humanos más despreciados por los judíos, como ejemplo de misericordia.
Y que según esa parábola contada, es al final lo que resume la vida , antes que los códigos de pureza de levitas y sacerdotes que son importantes a la verdadera necesidad del mundo.

Este hombre, vino y tocó a los leprosos, contaminándose junto con ellos, pero extendiendo su amor divino, ese que toca a quién nadie quiere tocar, para devolverles su dignidad como seres humanos.

Y por eso los marginados lo amaban.
Y justamente por eso, los expertos de las Escrituras lo odiaban, los expertos en decidir quién era justo y quién era condenado lo descalificaban.

Y aún cuando los "mastines" fueron sueltos buscando su vida, su mensaje de amor que no solo se quedó en palabras sino que se concretó en encuentros reales con los "inmundos" lo llevó hasta las mismas puertas de la muerte.

Y fue en su último suspiro, en los estertores de la muerte, que de paso, se llevó al paraíso a uno que por delitos terribles fue condenado.

Y su Reino lo inaugurará como un banquete, donde quienes se sienten puros no querrán ir, pues justamente su mesa estará repleta de todos los que con vergüenza fueron despreciados y nunca se sintieron dignos de entrar a la mesa del Rey.